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La revalorización del Bitcoin durante el último año ha provocado un revuelo mediático y un interés extraordinario por parte del público general. Como consecuencia, un sinfín de afirmaciones infundadas e informaciones erróneas sobre esta criptomoneda -la mayoría ya superadas- han vuelto a aflorar en Internet. A continuación analizamos algunos de los mitos más repetidos sobre el Bitcoin.

Una de las primeras críticas que recibió la moneda hablaba de su uso como moneda de pago para actividades ilícitas debido a su asociación con Silk Road, una página de compra-venta entre particulares alojada en la Dark Web. Tras la detención de su presunto administrador y creador, el conocido como Dread Pirate Roberts (nombre del protagonista masculino de la Princesa Prometida), y el cierre de la página, muchos aventuraron que el valor del Bitcoin se desplomaría, asumiendo que éste procedía de su uso para este tipo de actividades, algo para lo que resultaba útil el pseudo-anonimato que proporciona. Lo cierto es que sí afectó a su cotización de forma temporal, pero pronto recuperó la tendencia alcista: el mercado estaba reconociendo que la criptomoneda tenía un valor que transcendía el mercado negro; desde el cierre de Silk Road, su precio se ha multiplicado por cinco.

Si comparamos Bitcoin con el dinero en efectivo u otros métodos de pago, como pueden ser las tarjetas prepago Visa y Mastercard, o con plataformas como PayPal, no hay motivos para pensar que el uso de una moneda que registra todos y cada uno de los movimientos de un usuario a la vista de todos facilite el trabajo a los criminales, sobre todo en los grandes pagos. El pretendido anonimato absoluto de Bitcoin no es tal: cada transacción se asocia a un pseudónimo, así que, si un mismo usuario no cambia de pseudónimo en sus transacciones y lo conocemos, podemos trazar todas las operaciones realizadas.

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Otra de las acusaciones recibidas por esta criptomoneda es que funciona siguiendo un esquema Ponzi, esto es, una estructura piramidal en la que los fundadores tratan de convencer a los inversores de que obtendrán un beneficio que no existe para quedarse con su capital. Bitcoin no garantiza ningún tipo de beneficio a priori, ya que su cotización depende de la demanda de un mercado, y ésta, a su vez, se sustenta en la confianza sobre la moneda (nada muy diferente al modelo de dinero fiat que aplican bancos centrales, por ejemplo). La diferencia radica en que la moneda no depende de una autoridad única, sino de una red de usuarios descentralizada que resulta muy difícil de manipular (requeriría controlar más del 50% de los equipos que se ocupan de garantizar la integridad de la información que aparece en el Blockchain, algo prácticamente impensable, dada su fragmentación). En un esquema Ponzi, solo existe un ganador, el estafador; Bitcoin ofrece más rentabilidad a los early adopters, pero de una forma muy similar a los accionistas que invierten en un Start Up antes de que ésta multiplique exponencialmente su valor en el mercado. Sirva como dato importante que el creador de Bitcoin, el enigmático Satoshi Nakamoto, no ha gastado ni uno de sus Bitcoins desde la explosión de su valor, algo que podemos verificar revisando el historial de transacciones almacenado en la Blockchain.

Parte la confusión deriva de que el valor del Bitcoin se sustenta en la confianza y el interés que genera en el mercado, pero se sigue percibiendo como un intangible, como un producto inexistente. Cierto es que no está garantizado de la misma manera que otros recursos y que podría estar sujeto a nuevas amenazas, pero podemos planteárnoslo como una variación de otro tipo de producto con el que estamos más familiarizados, como pueden ser el saldo disponible en nuestra cuenta Steam o en PokerStars; en ambos casos, recargamos un monedero virtual con una moneda que mantiene una paridad preestablecida con la real, pero no existen físicamente, más allá de los registros de la compañía.

Otro de los mitos que rodean esta moneda está relacionado con el gasto en recursos energéticos que requiere la minería de Bitcoins ya que es necesario un volumen de procesamiento muy elevado para habilitar nuevos bloques de forma rentable, que muchos consideran un gasto vacío de energía. La inversión energética es sustancialmente inferior a la que se produce en la minería para la extracción de oro y metales preciosos para la obtención de recursos con un valor similar, además de que la propia naturaleza de la moneda permite desplazar los centros de minado a espacios donde la energía sea sostenible, caso de Islandia y su superávit de producción con energías renovables. Si además tenemos en cuenta las consecuencias medioambientales de actividades como la minería física, la balanza todavía se inclina más hacia la opción de los “miners” de Bitcoins.

Por otra parte, y desde el punto de vista del Bitcoin como moneda, la impresión de dinero físico y su control también conllevan un gasto, así como la burocracia necesaria para gestionar el mismo, algo que Bitcoin no precisa. Y esto por no hablar de la construcción de sedes y edificios necesarios para que otros sistemas económicos funcionen…

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